Apariciones en La Xelvaneta

La cerveza cambiará el mundo
Luis Perales, más conocido como Luisito el Punki, vivía a las afueras de Llíria, en medio de la huerta, rodeado de naranjos y un exótico caqui en una zona llamada La Xelvaneta.

Nuestro héroe era un enamorado de la música radical y le encantaban grupos como Bunbury, Fangoria, Ramoncín, Polar, Mamá Ya Lo Sabe, Tamara o La Mode, pero sobre todo estaba hipnotizado por los Sex Pistols. A pesar de los consejos de su madre y del párroco del lugar, tenía gran admiración por Sid Vicious, bajista de sus particulares dioses y aficionado a las bebidas isótonicas.

El Punki era una persona humana noble y rebozante de excelsos ideales, muy querido por todos sus amigos, conocidos y vecinos. Soñaba que podría cambiar el mundo, que haría reinar la igualdad y la justicia.

Pese a su apariencia desaliñada y estrafalarias vestimentas, no despertaba ningún rechazo social. Al fin y al cabo, Llíria era la ciudad de la música y cuna del pelotari Puchol. El Punki era un tipo con buenas intenciones y mejores hechos. Siempre estaba dispuesto a colaborar con los demás. Ayudaba a las viejas a cruzar los pasos de peatones y nunca se le ocurrió meterles una zancadilla o empujarlas por la espalda mientras se aproximaba el tranvía a la Malvarrosa. Jamás le lanzó una deliciosa salchicha al perro lazarillo del vendedor de cupones de la ONCE, ni osó en atarle al rabo de éste una ristra de latas de cerveza, aún viendo venir de cerca el camión de la cementera rumbo a la Hoya de Bunyol. El Punki era especial, era la polla.

No se conformaba con reciclar la mierda en tres cubos de colores, dentro de su casa tenía un cuarto (de farla, siempre) y otro exclusivamente dedicado a dicho menester. Un cuarto repleto de recipientes con más colores que el arco iris. Bolsa con bersuit, cartón con tam tam go, plástico con asfalto, vidrio con secretos, madera con leño, metal con más metal, caca con deluxe... pedos de vaca con pedos de vaca... así hasta lo inimaginable. Era un perfeccionista.

Cuando llegaba el fin de semana y después de cumplir con sus obligaciones de voluntario en una ONG dedicada a la salvación de Moscas Cojoneras en peligro de extinción, entraba su Recycle Domestic Room y en vez de irse de botellón con sus colegas, dedicaba su tiempo libre a la clasificación con mimo de toda la mierda acumulada en esa habitación tan especial para él, como para los Burning.

Una vez catalogado todo, en la soledad de la tarde, cargaba su destartalada furgoneta. Era rosa y amarilla, y por donde pasara despertaba expectación, no sólo por lo llamativo de sus colores sino por la leyenda que lucía orgullosa en su parte posterior: "KISS MY ASS". Luisito quería tanto a su furgona que la había bautizado cariñosamente como la "Hechapolvo".

Con un "vamos bonita" y dos toques de bocina, puso en marcha su motor y partió rumbo hacia el EcoParc. En sus ojos se podía ver el brillo de un par de lágrimas, a lo Comité Cisne, rodando por sus mejillas. De fondo sonaban los Pistols con el God Save The Queen, todo era perfecto. Dale gas, susurraban a la vez Facto Delafé y Peor Imposible, el Punki no lo podía evitar y pisaba a fondo mientras subía el volumen de una manera brutal para tararear lo que para él era algo más que un himno a la alegría. Esto era un ritual que repetía, obsesivamente, domingo tras domingo.

Mientras circulaba a toda ostia por la carretera, vio tirado el cadillac solitario de el Loco en la cuneta y se cruzó con Jorge Ilegales al que perseguían un par de picoletos. Nada de eso le impresionaba, él tenía un objetivo que cumplir y nada se iba a interponer. No era momento para fotos ni autógrafos. El lo sabía y se sentía orgulloso de su misión. Devoraba los kilómetros, mirando al horizonte y dejando fluir sus pensamientos... la maltratada capa de ozono... oh, no... de pronto, un bache lo devolvió a la realidad de una manera brusca e inesperada, su cabeza golpeó contra el techo y al mirarse en el espejo (no como lo hacía Eduardo), se sintió muy infeliz al descubrir que su gloriosa cresta evarista, súper enlacada, también tenía parte de culpa en el calentamiento global.

El desánimo se apoderó de él, no sólo por la capa. la laca o su cresta de colores totalmente machacada, eso ya no era tan importante, en el suelo de la Hechapolvo estaba el CD de los Pistols partido en dos. ¿Sería un mensaje?, ¿Quizás toda su vida había sido un error, como la de Coti?... escupió con rabia hacia la ventanilla, pero el cristal estaba arriba, cosa que aprovechó para pasar la manga de su chupa y limpiarlo. Arrancó de nuevo y continuó en busca de su destino, el EcoParc.

Ya de regreso a La Xelvaneta, por los altavoces de la Hechapolvo no salía ningún sonido. Parecía que la tristeza lo había inundado todo, incluso por la cabeza del Punki rondaron oscuros pensamientos. Creía oír una voz que le decía: "Olvida a los Pistols, rápate el pelo y hazte bakala. Que Sid Vicious no sea tu dios y que todas tus oraciones vayan dedicadas al Nen de Castefa". Era algo difícil de aceptar, realmente Luisito era el último punk de Llíria, sin parentesco con el que se suicidó en Putney Bridge después de conocer a la directiva de la SGAE. A estas alturas de su vida, el Punki, no podía plantearse aprender a tocar el clarinete e ingresar en la banda municipal.

Entre dudas y más dudas fue llegando a casa, sweet home Xelvaneta. De repente, no por Rosendo, la Hechapolvo se cruzó con un perro negro y dejó de funcionar muy cerca de un caqui. Tras varios intentos de volver a ponerla en marcha, el Punki desistió y bajó de la misma. Parecía que hoy no era su día de suerte cuando de improviso la luz de un cañón, situado en la copa del caqui, le cegó. Aturdido e impresionado, avanzó atraido como un imán hacia ese árbol lleno de misterio al que ni Iker pudo encontrar lógica explicación. Arrodillándose ante él y mirando hacia el infinito (y más allá), no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, era El, el mismísimo Sid estaba ahí presente, en lo alto, envuelto en una nube de humo y un espectacular juego de luces.

Ahora por sus oídos volvían a fluir, como música celestial, los mejores acordes de una guitarra distorsionada y un bajo tocado horripilantemente. Luisito entró en un trance profundo mientras la voz de Sid le decía con firmeza: "El punk no está muerto, el punk eres tú" y aunque Mocedades interferían con maldad, Sid continuó: "Tú eres mi elegido, levántate, arranca la Hechapolvo y difunde mi mensaje por el mundo".

Desde aquel día, ese árbol fue llamado "El Caqui de San Sid" y es venerado cada 30 de febrero por todos los punkies del mundo que acuden en multitud con devoción y admiración. Pablo Abraira se encarga de la venta de escapularios, imperdibles, candados y todo tipo de merchand relacionado con las Apariciones de La Xelvaneta. De Luisito El Punki no se supo más. Algunos dicen que se hizo fallero. Amén.

* El póster que ilustra este comentario lo puedes pillar en Allposters.es.